Libros del Zorzal
Metáforas y modelos científicos
Héctor Palma
Tradicionalmente se han pensado las metáforas como un recurso propio de la literatura con funciones estéticas o retóricas, es decir, de embellecimiento o persuasión. Al mismo tiempo, con mucho recelo y desconfianza, se ha comprendido que podrían cumplir ciertas funciones en la ciencia, heurísticas o didácticas, si bien no dejarían de ser cuestiones secundarias y subsidiarias. Es indudable que las metáforas tienen tanto cualidades estéticas y retóricas, como también funciones heurísticas y didácticas. Sin embargo, se pasa por alto lo primordial de las metáforas científicas: el valor cognoscitivo que poseen por sí mismas y no como meras subsidiarias de otro lenguaje considerado literal. Esta forma diferente de concebir su uso acarrea consecuencias epistemológicas importantes, pues en numerosas ocasiones el científico describe y explica la realidad a través de metáforas que el uso y la familiaridad literaliza. En la enseñanza, los docentes hablan acerca de la ciencia a través de metáforas, pero también los estudiantes articulan y construyen su conocimiento acerca de la realidad gracias a ellas. Esclarecer las características de esos procedimientos habituales, corrientes y legítimos puede contribuir a aprovechar mejor su potencialidad y a ser conscientes de sus límites y consecuencias.
Héctor A. Palma es Profesor de Filosofía (Universidad de Buenos Aires); Magister en Ciencia, Tecnología y Sociedad y Doctor en Ciencias Sociales y Humanidades (Universidad Nacional de Quilmes). Actualmente es profesor de Epistemología en la Universidad Nacional de San Martín (escuelas de Humanidades y de Posgrado) e investigador del Centro de Estudios sobre la Ciencia y la Tecnología “J. Babini”. Ha publicado libros, capítulos de libros y artículos en revistas del país y del exterior sobre temas de filosofía e historia de la ciencia.
El siglo ausente
Eduardo Wolovelsky
¿Por qué hemos de admirar una razón y una práctica que nos ha empujado a la desesperación de no ser el centro del universo, a saber que en nuestro propio ser está inscripta la marca de un ínfimo origen; que nos ha llevado a comprender lo insignificante, en relación con la antigüedad de la vida, de nuestra presencia en la Tierra y a tener la certeza –tiempo más, tiempo menos– de nuestra extinción? Tan significativa como incómoda, esta pregunta ha sido negada de manera persistente por una pedagogía que afirma promover la reflexión y la autonomía intelectual de sus actores con la misma fuerza con que las niega en su acción. Marcado por el entrenamiento instrumental y la promoción del deslumbramiento por aquello que llamamos “ciencia”, ese mismo compromiso pedagógico ha intentado conjurar los significados sociales, culturales y políticos de toda reflexión sobre la ciencia. Tras el conflictivo siglo XX no es posible obviar la crítica a este estado de situación. Es necesario pensar sobre la concepción tecnocrática que hoy domina toda discusión sobre la ciencia, reduciéndola fundamentalmente a una cuestión de expertos.
Eduardo G. Wolovelsky es biólogo por la Universidad de Buenos Aires. Se desempeñó como director de planta en la industria farmacéutica y como profesor en diferentes universidades nacionales. Ocupó cargos de dirección en publicaciones sobre ciencia, tecnología y educación, y coordinó diferentes programas relacionados con la enseñanza de las ciencias. Es autor de numerosos libros y trabajos de su especialidad. Coordina, en el Centro Cultural “Ricardo Rojas” (UBA), el área de pensamiento crítico sobre la ciencia y el Proyecto Nautilus de comunicación y reflexión sobre la ciencia. Es director de la revista de ciencia para chicos Nautilus. Es investigador adscripto al Centro de Estudios de Historia de la Ciencia “José Babini” (Escuela de Humanidades, Universidad Nacional de San Martín) y docente de escuela media.